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viernes, 27 de diciembre de 2013

Mitología propia


Se anda diciendo de mí, que camino por las calles invadidas de raíz, que son mis lágrimas las que dejan el matiz de oscuridad por las veredas de tu pasado, el renombrado, el de maceta, el azul blue, que mis cabellos vagan por las bancas de un sueño fresco, que los pájaros abandonaron el nido de aquel último verso, que los vecinos de nuestros besos ya no nos oyen latir.

Se anda diciendo por ahí, que las tardes no son tardes desde que te vi partir, que mis hojas llevan letras que nadie lee, besos que nadie añora, gotas tristes que nadie seca y siempre un hombro ausente, un adiós presente, un hasta siempre amor que no es amor; una oda a la hoja vagabunda, un respiro con olor a humedad, un suspiro sin piedad, un recuerdo casi deprimente, un sueño en mente, una venida dolorosa, inalcanzable y una resignación intolerable, pero certera, como mi muerte.

Andan diciendo por ahí, que el amarillo de la ventana malcriada ha dejado de latir, que las hojas han caído allí mismo donde cayeron tus promesas maltrechas, que la mesa ha querido escapar por el espacio que dejaron tus verdades a medias y se ha quedado en la ventana a ver si un día decido volver, creyendo nuevamente, llorando nuevamente, naciendo nuevamente a ver si vuelvo a sentarme al pie de la ventana a cantarte las mismas canciones de amor.

Una historia de partidas, de despedidas, de historias continuas que terminan y terminan y vuelven a empezar. Una historia de adioses, de Dioses, de sueños de caminata, de verde esperanza y amarillo atardecer. Una historia donde crees que te quiero porque te quise, una historia donde crees que vuelvo porque me fui. Una historia donde este loco ya no llora por esa loca, donde mi sueño en tu cama no desemboca, donde mis letras ya no hablan más de ti.

viernes, 24 de junio de 2011

Qué hago aquí, si ya no estás



Las yemas de mis dedos forman surcos por mi cabeza, 
como queriendo separa aquellos recuerdos color gris;
me levanto después de tanto, y con la misma bata de muchos días
me dirijo a la cocina a preparar un café amargo,
como mis tantos otros días,
cómo yo.


Mi mirada se pierde en la ventana,
la misma gente, las palomas acercándose alborotadas
y yo auyentándolas como queriendo alejar la vida
como queriendo creer que no hay más
que estoy muerto
y desear que mueran también.


Mi café se enfría,
se congela posado en la mesa recordándome que el corazón
también vive en un témpano de hielo
y que no late más.


Y nuestra fotografía resalta frente de mí,
pienso... alguna vez fuiste mía
cuando creía amarte y tú a mí
y saber ahora que nunca amé
que no sabía
y que finalmente te perdí.


¿Qué hago aquí, sino morir día a día?
¿Qué hago aquí si perdí todo?
Si ya no hablo
porque no hay con quién hablar,
si ya no sueño
porque no hay por qué soñar,
si ya no vivo,
porque no hay por quién vivir.


¿Qué hago aquí, sino entender que jamás supe amar?
Y que éste es el castigo,
que sin amor, yo ya no vivo,
y sin ti ya, para qué amar.