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martes, 25 de febrero de 2014

Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos



Yo tenía una casita de colores frente al mar, de travieso me quedaron cicatrices por doquier, mis orejas son muy grandes por los jalones de María, mi madre santa, y las rodillas las llevo negras, por lo mucho que caí.

De mis novias no me acuerdo; fueron muchas, eso sí. Mis cervezas infaltables, mis amigos bienvenidos, y en la soledad de mi casita de colores salía por la noche a quedarme dormido viendo el camino de estrellas que me regalaba Dios.

Que las luchas por la vida, que el amor al barrio eterno, que las novias escondidas, eso era yo; con los botes de Jacinto, del viejo pescador, me iba adentro muy adentro, a buscar pa’ la comida, con la espalda descubierta para decirle al sol que no le temo, que aquí estaba el colorao insolente, el colorao que quería ser negro para gritar más fuerte, para resistir más el alcohol.

Caminaba por la arena quemándome los pies, ay qué iba yo a quejarme, ay qué iba yo a correr, era el macho del puerto, el don Juan, el aquí estoy y vengan que los espero, y yo ahí, mordiéndome por dentro la quemada de las patas tan gastadas de tanto andar, pero valiente, eso sí.

De tanto andar en línea recta, me caí, de tanto andar por el camino me quemé, mi lento andar de ahora me dice que no llegué muy lejos, que esa línea recta que algún día me tracé, sólo deja cicatrices con olor a soledad.

Hoy después de muchos años, sigo con la sábana de estrellas, la que me regaló María cuando aún vivía el viejo de Jacinto con su guitarra y su fogata, ya no ando como antaño, ya ni veo por dónde caminar; si volviera, si sólo volviera unos años, trazaría el camino en zigzag.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Desvanecer



Pareciera que los mensajes aparecen cuando uno más los necesita. Mensajes de esperanza, de amor, de perdón, todos ellos tratando de entrar en tu corazón y la razón que los bloquea como si fueran un virus que causará dolor.

He vuelto a sentir el cansancio que provoca la desesperanza, el agotamiento físico y emocional, la grieta que forma el agua gota a gota en la piedra, no encontrando el sabor a la vida, viendo todo de gris, sin saber cómo se puede sonreír, perdiendo la memoria de los momentos felices.

He sentido la necesidad de un salvador, otra vez, como aquella criatura en la que alguna vez me convertí, sin fuerzas, débil nuevamente, con apenas fuerza para caminar, pero sin pensar, y mecánicamente llegar a un hogar vacío, sin nombre, apenas un espacio donde ubicar el cuerpo para sentirse más infeliz.

Los recuerdos se van, poco a poco la memoria te juega una mala pasada, apenas sabes el camino que debes seguir para llegar a tu destino, pero en el trayecto estás muerta, estás penando como un alma moribunda, no ves nada, nada existe a tu alrededor, y tú tampoco existes para los demás.

¿Dónde quedaron las sonrisas?
Tienes vagamente el recuerdo de haber sido feliz días atrás, pero el presente se impone, las lágrimas vertidas y la indiferencia te regresan al estado levitante en donde te has perdido, y vuelves a cobijarte en la melancolía.

Has sido fuerte, has soportado durante mucho tiempo aquello que ahora tanto te duele, pero esa fuerza apenas la recuerdas, la has perdido. Quieres una esperanza, y te la han dado, ahora estás esperando recuperar la confianza, esperas ver un cambio que te recuerde que eres importante para él, y eso, mientras que no lo ves, te duele. Desde aquel lugar se han prendido las luces, entre abrieron la puerta, te escucharon pero no tienes la certeza de que pueden sentir lo mismo que tú.

Estás a la espera, pero el cuerpo poco a poco deja de responder, no sabes hasta cuándo puedas aguantar, quizá llegues a un punto sin retorno en que no habrá salida, sabes lo que sucederá si pierdes la confianza… y sin embargo, nada puedes hacer, más que esperar.

lunes, 30 de julio de 2007

Gris

 El sonido de la desilusión al empezar la tarde, tiene sabor a despedida.

Aún así se resiste el corazón a pronunciar el adiós y aceptar la partida.

Con caricias que no saben a amor cierran los ojos y dan la espalda, y tú sentada mirando el final sientes el frío que te rodea y no dices nada, y no dices nada.

Empiezan a hablar, historias sin fin, recuerdos ajenos queriendo hacerte sonreír, y no los escuchas, no puedes hacerlo, y viene una lágrima y viene el recuerdo, y corres al baño y dices "Por Dios".

Se acercan partidas, ya convenidas, y encuentros pactados, inesperados; te vas con pañuelo, sientes desvelo, y subes a un taxi a continuar el día que aún no acaba, aún con esa despedida, y ves a un amigo, a un viejo conocido, ponen fin a un trato y das media vuelta, no sientes nada, puede estar lloviendo y estarías dormida por las calles que te envuelven y dan el b&n a la compañía que no sabe qué más hacer por convertir el dolor que te invade en sonrisas compungidas, al menos, es lo único que puedes ofrecer.

El lugar programado está cerrado, no hay mesas que se ofrezcan a escuchar a este par, cada una con historias que narradas vuelven leve las horas y el ambiente se separa entre viajes, conocidos, familiares, desconocidos, matrimonio, hijos, sueños rotos, despedidas, y demás.

Damos vuelta - ya parece ser mi única salida a todo, dar la vuelta – y nos dirigimos a mi café, al que me entiende, y atiende, al que puedo llegar sintiendo el cariño de personas con fotos antiguas, y lugar especial a mis vicios.

Allí nos dan la bienvenida, ya conocen lo que necesitamos, sólo hace falta esperar. Viene la tertulia, vienen las anécdotas, y las sonrisas dibujadas, y el afinamiento del oído para no perder los detalles que comparte la princesa, para no pensar, para no llorar.

Pasan las horas, te dedicas a escuchar como siempre, a opinar, al final, a poner la mano abierta a las preguntas que no vas a responder, a los "no" rotundos, y te comprende, y son finales conocidos, y al pedir la cuenta sólo piensas si vale la pena marcar su número y dar el paso al frente y ayudarlo a caminar.

Estás cansada, no sólo tu cuerpo, tu corazón está cansado de esperar. Sientes que no es justo, sientes que lo mejor será entregar tus dudas a la almohada, a carita con caricias que no volverán. Sientes muchas cosas, pero es más fuerte el aprecio, el cariño, la necesidad de decir "te quiero" y abrazarlo y mucho más.

Al llegar a casa todo es sombras, tus movimientos están grabados en las paredes de tu habitación, los espacios predestinados, los controles ubicados y la música a disposición.

Con la mente en esa tarde, cuando el sol se ocultó, llamas a su nombre, viene con sonrisas, llena de color tu espacio, y se olvida todo; le dices que lo quieres, recibes un te quiero, sientes el abrazo, te mueres de emoción, cierras los ojos, y no quieres despertar, es un sueño, dices, es un sueño; al fin y al cabo, la vida es sueño, qué más da, quién puede tener la razón?